Esta mañana nos ha visitado Eolo, el dios de los vientos. Y el poniente, el levante, el cierzo y la tramontana nos han puesto patas arriba.
Tras presentarse y contarnos los vientos que domina a su antojo, nos ha contado su encuentro con Odiseo. Y nos regala el odre que contiene todos los vientos, aconsejándonos que no seamos tan atrevidos como la tripulación de Ulises.
Como conoce muchas historias sobre brisas, vientos y tornados, nos narra una ocurrida en Sombrerópilis, una región famosa por su amor por los sombreros. Y es que en la antigua Grecia había sombreros. Los dos más populares eran el pétaso (de ala ancha para proteger del sol y la lluvia, muy usado por viajeros y campesinos) y el píleo (un gorro cónico y sin alas). También destacaba el gorro frigio, que llegó a simbolizar la libertad de los esclavos liberados.
Nos narra lo ocurrido con Descubierta, la aldea de esta región a la que no les gustaba usar sombrero. El protagonista un viento juguetón llamado Tarambana.
Cuando se marcha jugamos con la capa de los vientos y los sombreros que terminan adornando nuestras cabezas.
Después, en honor de este alocado dios, hacemos un molinillo de papel donde se muestran los cuatro vientos. Y les damos vidilla corriendo y enfrentándolas al odre de Eolo.
Tras la merienda y para espantar los calores, convocamos la furia de Poseidón y nos damos un buen refrescón.
Jugamos con las pompas donde los poderes del agua y del aire hacen travesuras. Nos lanzamos por la pista deslizante, con los barreños llenos de agua y con la espuma.
Una mañana llena de sorpresas donde el agua y el viento nos envuelven dentro de una divertida pompa de espuma.



















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